Parece que lo que le dije ha animado a la violinista. Hemos empezado una especie de juego muy interesante; ella hace un poco de su magia, en solitario, y yo contesto; y así durante unos cuantos días (llevamos quedando para tocar cosa de dos semanas), intercambiando motivos e ideas por solitario, y al mismo tiempo, juntos. Es difícil de explicar. No tocamos a la vez y, sin embargo, estamos creando algo especial juntos.
Es como un juego de indirectas, ella me dedica una parte de su alma y yo le compenso con otra parte de la mía; no es un canon, improvisamos cosas diferentes, pero a la vez podría formar parte del más ingenioso de los dúos. No podría describirlo o analizarlo si me lo pidieran, ya que la única palabra que me viene a la mente es "increíble". Con todo, hace un rato que he dejado de escuchar la música, para pasar a oírla nada más; mi concentración está acumulada en el sentido de la vista, y tengo que hacer un esfuerzo por no perder el hilo de nuestro juego mientras la contemplo.
Es rubia, y su pelo sedoso brilla como una baliza de paja en el campo, recogido en una trenza; me pregunto si el contraste con el mío, castaño oscuro, sin orden ni concierto, será igual de armonioso que nuestra música. Por alguna razón, toca todo el rato de pie, y se me ocurre que me gustaría descubrir todas sus manías; también quiero contarle las mías. Memorizo todas las líneas de su figura, desde la suave forma de sus pómulos hasta la línea de su cuello, en tensión mientras toca. Abandono el plano de la música, así como el de la realidad y viajo a una nueva dimensión. Sólo estamos ella y yo, violinista y pianista, en ningún lado y en todas partes.
Y entonces fallo. Mi incoherente y repentina obsesión por fusionarme con ella, con todo lo que es y lo que representa, ha hecho que descuide mi objetivo y que pierda el raciocinio. No ha sido una simple nota falsa, sino un gran fallo. He dejado de mirar el teclado y he errado un acorde, creando la mayor disonancia posible. El halo de magia que nos envolvía se deshace tan rápido como lo hemos creado, y la atmósfera se vuelve incómoda y hostil. Ninguno de los dos dice nada, pero nos miramos a intervalos, retirando la mirada cuando nuestros ojos coinciden. Me siento avergonzado. Y ella parece dolida.
Es obvio que todo se ha acabado, que la maravillosa obra de arte que queríamos crear ha tocado su fin antes de haber empezado a cobrar apenas forma. Puede sonar exagerado, pero tengo ganas de llorar; me levanto abruptamente y me dirijo hacia la puerta a grandes zancadas.
Entonces ella me alcanza y me detiene, poniendo una mano sobre mi hombro.
-El ser humano comete errores -dice, regalándome una sonrisa débil pero tierna-; pero hay que aprender de ellos. Sólo los cobardes se rinden.
-Yo no soy un cobarde -afirmo.
-Entonces volvamos a intentarlo -murmura, tomándome de la mano y tirando de mí-. Merece la pena volver a intentarlo.
Bienvenido al mundo de mis sueños y pesadillas; lo que ves, es lo que hay, y si no te gusta, no mires. Puede que no sepa volar, pero sé escribir, y eso, algún día, me hará libre.
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11.25.2012
11.18.2012
Merece la pena
La magnífica violinista que prometió tocar conmigo hace... veinte minutos ya, según compruebo en el reloj de pared del aula, sigue observando en silencio. Por el rabillo del ojo he visto que ha hecho varios ademanes de entrar, pero finalmente no se ha decidid, así que sigo tocando solo. ¿Por qué no entra ya? Me duelen las manos, y no sólo eso, sino que estoy cansado, mucho. Con todo el tiempo que he estado improvisando yo mismo antes, lo que he pasado escuchando a la violinista -cuyo nombre desconozco, ahora que caigo-, y la otra tirada que he tenido que improvisar delante de ella, no puedo más. Noto el cansancio acumularse de cada uno de mis músculos, contrayéndose y suplicándome que pare; las manos se me agarrotan y cada nota me cuesta más que la anterior. Estoy en medio de una frase, pero la cambio súbitamente y comienzo a hacerla mucho más lenta, decidido a parar en cuanto resuelva. Me rindo.
Entonces la respiración de la violinista se condensa, y me permito retirar la vista del teclado para comprobar, maravillado, cómo lleva el violín hasta su cuello y coloca el arco en posición; la frase está a punto de terminar, y he ido ritardando progresivamente, de tal manera que casi estoy en la tónica. Y justo cuando el piano canta la tónica, la sala se llena con el timbre del violín. Hace sonar la misma tónica que he dado yo, y alarga el sonido como un grito ahogado. La emoción me embarga y decido desarrollar esa última nota en una secuencia de escalas encadenadas; es un procedimiento muy típico, pero no deja de ser bello, y ella comienza a desarrollar su propia melodía.
Sin embargo, no es como yo esperaba. La música que emite el violín no deja de ser preciosa, sigue sonando a... ella, pero ha perdido esa magia de la que me enamoré cuando la oí en solitario. Me descuido y toco una nota falsa, creando una disonancia y haciendo que ella vacile también; rápidamente corrijo mi error y modulo, consiguiendo "tapar" un poco el gazapo; pero ella no modula conmigo. Tarda un rato en reconocer la nueva tonalidad, y para cuando lo hace, nuestra melodía, nuestro pedazo de magia, ha dejado de sonar bien.
Con un chirrido, la violinista baja el arco y deja escapar un suspiro; yo dejo la frase a medias y también bajo las manos. Agachamos la cabeza al unísono, y a mí se me hunden los hombros. Cuando levanto la cabeza, sin embargo, veo que ella parece aún más afectada.
-Yo... lo... lo siento.
Me levanto y la acaricio el brazo.
-Eh, tranquila, no pasa nada.
-Pero ha sido un desastre -dice, las lágrimas acumulándose a sus ojos.
-Lo sé -respondo-. Pero da igual.
-¿Por qué?
-Porque practicaremos; vamos a arreglar los errores, y crearemos una obra maestra, te lo prometo.
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