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6.02.2012

Cada vez (XIII)

Ordenando un viejo baúl lo he encontrado, pequeño, dorado, y he salido corriendo. Han pasado ya tres años, pero he vuelto a nuestro monte perdido. Hace mucho viento, se avecina tormenta, pero me siento en el borde del acantilado, con los pies colgando sobre el vacío, y me saco el anillo del bolsillo del pantalón.

No podría haber habido una tarde más perfecta para pedírselo; hacía calor, pero se había desatado una fuerte tormenta, con lo que el ambiente estaba fresco y electrizado; el destino estaba de mi parte. Ella había quedado con sus amigas para ir al cine, con lo que tuve la tarde libre para prepararlo todo; la casa quedó impoluta, preparé su cena favorita y me puse el conjunto que a ella más le gustaba (camisa de cuadros roja, vaqueros oscuros y Converse de cuero). Cuando llegó se quedó alucinada; <<¿A qué viene tanta perfección?>>, preguntó mientras la besaba como si no hubiera mañana; <<Sólo he preparado la cena, quería darte una noche especial>>. Se rió, me pidió quince minutos para cambiarse y nos sentamos a cenar.

Pasada la medianoche, cuando los platos estuvieron vacíos, la tomé de la mano, me arrodillé y saqué el anillo; era una preciosa alianza de oro blanco con diminutos zafiros salpicados alrededor. <<¿Quieres casarte conmigo?>>. Se quedó boquiabierta. No sabía que se podía llorar de felicidad, claro que por éso pensé que lloraba; hasta que se marchó, y verdaderamente me di cuenta. Nunca quiso casarse conmigo, y yo debí haberlo sabido. Ella era un espíritu libre, y semejante compromiso la aterrorizaba.

No entendí sus palabras hasta que volvió a mí, ya enferma; <<Te quiero, no lo olvides nunca>> había dicho la noche antes de marcharse. Siempre me dio la sensación de que había dejado la frase en el aire, inacabada. <<Te quiero, no lo olvides nunca... Pero no me puedes cortar las alas>>.

Jugueteo con el anillo, mientras una lágrima me resbala por la barbilla; sin que me haya dado cuenta, una fina pero intensa lluvia ha empezado a caer, calándolo todo. Pienso en todo lo que ya no tengo: los viajes en parapente, las guerras de pintura, los debates interminables sobre música, literatura, arte; sus ojos, su sonrisa, sus manos, su ser... Tres años y aún sigo soñando con ella todas las noches. En un impulso me pongo en pie y lanzo el anillo al vacío, lo más fuerte que puedo; lo veo caer, diminuto, junto con mis sueños rotos.

No hay nada que no daría por volver a verla, y nuestro monte perdido lo sabe. La ropa me pesa por la lluvia, las rocas están caladas. Doy un paso atrás, para volver, pero mi pie patina, la piedra cede, y todo se vuelve negro de golpe.

Abro los ojos cuando llego abajo, y la veo a ella; está allí conmigo, al final del precipicio, tendiéndome la mano.
Ha venido a buscarme.


6.01.2012

Cada Vez (XII)

De alguna manera, he vuelto a vivir; es una vida más bien vacía, nada me llena del todo, pero soy consciente de lo que hago, lo que digo; estoy aquí. Llevo dos meses enviando mi currículo a varias empresas, y empezaré a trabajar en dos semanas; no voy a tener un sueldo muy alto, pero está bien para empezar, y se supone que voy a hacer lo que me gusta.

Intento desperezarme de la cama, y puedo oír a mi cerebro diciendo <<Abre los ojos>>. Abre los ojos... Abre los ojos, por favor... Ya he vuelto al pasado, y ahora la frase la digo yo.

No sé por qué lo hice, sabía que no había vuelta atrás. Había perdido tanto peso los últimos días que en el hospital querían sedarla directamente, pero ella (haciendo un gran esfuerzo para comunicarse), se negó. Así que aguantamos siete largos e interminables días entre tubos y sábanas blancas, ella con dolor físico, yo con dolor de alma. Hubo veces en que se me saltaron las lágrimas, y el hecho de que ella hiciera un esfuerzo para levantar la mano y llevarla a mi mejilla, acariciándola suavemente, no conseguía precisamente que me calmara.

Aprendimos a comunicarnos por signos, ya que a ella la costaba mucho hablar. Por eso me sorprendió cuando, un día a eso de las cinco de la madrugada, me despertó. Tenía los ojos muy abiertos, decían que sabía perfectamente dónde estaba; se humedeció los labios repetidas veces y tuvo que hacer varios intentos hasta que le salió la voz, pero al final reunió suficiente aire como para decir <<Te quiero>>.

<<Yo también te quiero, mi amor>>. Entonces cerró los ojos. Me di cuenta de lo incómoda que era esa habitación; me dolían los huesos, tengo la piel fría, me sentía viejo y cansado. <<Abre los ojos, por favor>>, susurré, mientras una lágrima me caía por la mejilla. Necesitaba que me mirase una última vez, por lo menos; <<Abre los ojos, vamos, ábrelos>>. Tenía que abrirlos, levantarse y salir de allí, entre esas paredes no comprendían su espíritu; necesitaba que tomase mi mano y cerrara los dedos sobre los míos, como solía hacerlo. Tenía que abrir los ojos.

Estuve una hora suplicando entre lágrimas, <<Abre los ojos, por favor>>, pero no recibía respuesta. Entonces ocurrió un último milagro. Puede que me lo imaginara, o puede que no, pero de sus labios salió una última palabra. <<Gracias>>. <<Abre los ojos, cariño, ábrelos y mírame>>. Sin embargo, sabía que estaba hablando a la nada.

Ella se había ido.


Cada vez (XI)

La temperatura ya ha descendido, y ha llegado esa época del año que tanto le gustaba a ella, cuando se puede ir con una sudadera fina sin preocuparse del calor, cuando <<la temperatura es simplemente perfecta>>. He dejado de preguntarme cómo está pasando el tiempo, simplemente dejo que me arrastre a su ritmo mientras yo evoluciono al mío propio. Ya casi estoy bien. Pero sé "casi" es un término muy extenso.

He recuperado mi costumbre de ir a todas partes escuchando música; me ayuda a desconectar de una manera sana, sin dolor ni recuerdos dolorosos. La música sólo me da cosas buenas. Hace tiempo que no compongo, pero eso no me importa demasiado; ya volveré a hacerlo, y de todas formas, no he dejado de tocar. Subo a casa por las escaleras, sintiendo el olor a viejo en las paredes. Cuando entro en el recibidor, alguien me está esperando, apoyado en el marco de mi puerta. Es mi hermano.

<<¿Qué haces aquí?>>, pregunto, quizá un poco más ariscamente de lo que pretendía. <<Estamos preocupados por ti, hace meses que no das señales de vida. Tienes que superarlo ya>>. Me gusta esa forma en la que habla, destacando en exceso algunas palabras para darles énfasis. Se da cuenta de que lo ignoro y me da un bofetón. Le grito, y él me sigue. Me ordena callar y le dejo terminar, está furioso y a la vez desesperado. Dice que sabe que lo estoy pasando mal, lo que ella significaba para mí, pero que, por mucho que cueste, tengo que volver a ser yo. Dice que están hartos de no oír nada al otro lado del teléfono, de no recibir visitas, de verme vagar por el barrio como un fantasma (al parecer llevan espiándome varios meses ya). Dice que sabe lo que duele, y entonces le echo de casa a patadas. Sólo digo una cosa <<¡Sal! ¡Largo!>>, todo el rato. Él no sabe lo que duele.

Repentinamente todo parece más frío, desagradable. Sé que tiene razón, tengo que volver. Pero no puedo; no soy capaz de sacar mi corazón de este bucle, creo que me estoy moviendo pero en realidad ando en círculos; sé que tenemos miedo, pero he acabado convirtiéndome en aquello que juré que nunca me convertiría: un fantasma. Es lo que soy; me paro y observo sin ver nada, porque sé que lo que busco no es ver algo justo, sino a ella. Quiero volver a verla, pero también sé que no es posible. Tengo que salir de aquí. Necesito escapar, ir a un sitio donde las pesadillas no puedan alcanzarme, donde su recuerdo sea algo dulce. Tengo que moverme, volver a ponerme en marcha. Pienso en lo que diría ella, y lanzo un grito de rabia. Me debe estar odiando, esté donde esté. Ahora lo veo todo. Cada vez que me paro, y observo, lo veo todo.


Cada vez (X)

El tono del teléfono me despierta de un sueño intranquilo. Miro la hora a través de un intenso dolor de cabeza; son casi las dos de la tarde. Decido ignorar la llamada y dejar que salte el contestador (una costumbre que ella me inculcó); es mamá, como siempre a estas horas. Me dice que me levante ya y que por favor devuelva la llamada; como siempre a estas horas. <<Cariño, ya ha pasado un mes, por favor, tienes que continuar>>. Miro la fecha en el móvil; es cierto. No sé cómo, ya ha pasado un mes.

No ha sido fácil, ni mucho menos. Supongo que mi subconsciente se ha preocupado de hacerme respirar, comer y dormir, porque lo único que mi conciencia recuerda es una bruma que me provoca más dolor de cabeza. Por mucho que me cueste (y que me extrañe), hoy me siento algo más despierto y consciente. Meto la cabeza debajo del grifo unos minutos y me imagino lo que ella me diría si me viera ahora. Así que (al no poder darme una patada en el culo a mí mismo) me pongo un chándal, cojo mi reproductor de música y salgo de casa. Dejo que el reproductor elija las canciones al azar, y empiezo a correr. Empiezo con un trote ligero para calentar el cuerpo (hace más de un año que no corro), y unas canciones más tarde, cuando suenan los primeros acordes de otra, con los recuerdos, empiezo a esprintar.

Las risas histéricas se oían aisladas, pero bastante frecuentemente. Nosotros dos soltamos unas cuantas carcajadas nerviosas para intentar relajarnos. ¿Cómo podría haberme arrastrado hasta allí? Nos íbamos a matar. Las últimas semanas ella bromeó que la enfermedad era su castigo por haber vivido tan bien; por lo positivo, espero que así fuera, porque significaría que vivió una vida de ensueño.

Me obligó a mirar por el acantilado varias veces, <<para hacerte a la idea>>, dijo. No hacía más que reírse de mí, parecía que estaba teniendo un ataque de epilepsia de tanto temblar. En un momento quise echarme atrás (por supuesto, puse la típica excusa de que el arnés no estaba bien atado), y ella me apartó del resto del grupo varios metros. <<Eh, mírame. Vamos a hacer esto por el amor, ¿vale? Es nuestro momento, hoy no hay reglas>>. Intenté concentrarme en su respiración, y en la presencia de su mano apretando la mía. Era nuestro momento, sí.

<<¡Saltad!>>, gritó el monitor, empujándonos hacia el vacío. Mi primera reacción fue gritar de terror, pero cuando ella me dijo que abriera los ojos con tanta emoción, grité de sorpresa. Estábamos volando sobre el monte, las pequeñas casas aisladas pareciendo manchas, el viento azotándonos la cara, las luces de la ciudad brillando para nosotros. Cada vez que la miraba a los ojos sentía un escalofrío más fuerte que el que me daba el parapente. No pude evitar besarla, ahí, a cincuenta metros del suelo.

En ese momento el mundo fue nuestro, éramos los dioses del universo; así lo fue mucho tiempo. Ahora me he quedado solo. Soy un rey sin corona que lucir, sin reino que gobernar. Pero la adrenalina que corre por mis venas impulsando mis músculos no me deja pensar ahora.


5.30.2012

Cada vez (IX)

Me despierto de golpe, en plena noche. El calor es tan sofocante que me siento mareado, aunque puede que haya sido por el sueño que me acaba de despertar. Me meto en la ducha y dejo que el agua fría resbale por todo mi cuerpo, llevándose el sudor y las pesadillas; sumerjo la cabeza debajo de la alcachofa, aguantando la respiración unos segundos; eso me despeja un poco, aunque hace mucho tiempo que no estoy completamente lúcido. Paso media hora perdido en el ruido monótono del agua; de repente. las viejas cañerías truenan al pasar el agua, y mi sueño vuelve.

Fue un día parecido a este, muy caluroso. Habíamos planeado ir de escalada, pero se había desatado una terrible tormenta y la excursión quedó cancelada. Ella se sintió especialmente decepcionada, pero no hizo muchos comentarios al respecto; acabamos en mi casa, viendo la tele y haciendo el vago en general. En una pausa, se levantó, musitando que se iba al baño y desapareció de la habitación. Esperé diez minutos antes de ir a buscarla, y deseé haberlo hecho antes. La encontré sentada en el suelo echa una pelota, con los ojos llenos de lágrimas y sollozando silenciosamente.

Me agaché junto a ella y la tomé entre mis brazos, preguntándola qué ocurría. Tardó mucho en hablar (incluso después de dejar de llorar), y cuando se decidió a hacerlo, se puso de pie y se miró al espejo. <<Nada va conforme al plan>>. <<¿Qué plan?>>, le pregunté tiernamente. <<Mi plan>>, contestó, enjugándose una lágrima que resbalaba por su nariz. Entre hipos me explicó que tenía toda su vida planeada desde que era pequeña; todas las cosas que quería hacer, cómo las quería hacer, cuándo, con quién... Y que ahora todo estaba saliendo diferente, y eso la asustaba.

Por toda respuesta, cogí mi guitarra y me puse a tocar unos acordes, susurrando palabras únicamente para ella. No importaba si los planes se cancelaban, si nada salía como se suponía que tenía que hacerlo; ella siempre sería la banda sonora de mi verano, la única mariposa diferente del campo, el trueno que resonaría los días de tormenta. Ya podría llover todo lo que la naturaleza quisiera, no importaba cuán gris estuviera el cielo; yo me dedicaría a escuchar los truenos de mi corazón, siempre que ella estuviera a mi lado.

Pero ya no está. Llueve pero no hay truenos. Ya no oigo su voz. Y sin embargo, cada vez que las cañerías portan agua, yo me acuerdo de ella.


5.27.2012

Cada vez (VII)

No sé cuántas horas llevo aquí encerrado, en el coche; el disco se acabó hace un rato, así que lo puse de nuevo y ahora están sonando los acordes de la última canción. Vuelvo a reproducirlo. Miro el reloj inconscientemente y reparo en una lucecita del salpicadero que dice: "Jul 9". Hace semanas que no sé qué día es, y haberme tenido que dar cuenta hoy es como un castigo. O no, porque me vuelve a llevar con ella.

El nueve de julio fue el día que se marchó, el día que la vi alejarse de mí desde la ventana, el día que no corrí escaleras abajo para detenerla. Fue el día en el que me senté en el suelo, con una sudadera que se había convertido en suya en el momento en que yo me la compré, y me puse a recordar. Pude ver su mirada iluminada en la oscuridad, la noche anterior, a la 1:58, diciéndome <<Te quiero, no lo olvides nunca>>; y ahora se había ido. Recordé el latido de su corazón, palpitante en su espalda contra mi pecho, todavía podía sentir sus brazos rodeando mis hombros, y cómo me daba un beso en la mejilla cada vez que lo hacía.

Recordé su espíritu alocado, en aquella fiesta en la que se puso a fardar sólo para picarme; puse los ojos en blanco y la atraje hacia mí. Me obligó a bailar, aunque no era lo mío, pero por ella habría hecho cualquier cosa; recuerdo cómo le dio la mano a mi padre cuando les presenté, con energía y gracia. Recé para que, estuviese donde estuviese, fuera feliz; un sitio bonito, que la gustase de verdad, y que, a lo mejor, la hiciese acordarse de mí y desear volver.

Vuelvo a la realidad cuando me doy cuenta de que tengo algo encima; un pequeño conejo se ha subido a mi zapato, probablemente curioso al ver un chico acurrucado en el suelo contra un coche destartalado. Antes de haber vuelto por completo al presente, susurro su nombre; el nombre que siempre estará en mis labios, como cada vez que un beso podía ser el último.


Cada vez (VI)

Se ha hecho de noche hace ya tiempo, así que recojo lo poco que llevo conmigo (tengo especial cuidado en guardar la camiseta) y comienzo a caminar hacia el coche. Siempre que vengo lo aparco en el mismo punto donde el suyo se quedó atascado, metiéndome en el arcén para no molestar. Arranco el coche al tercer intento (no creo que aguante hasta fin de año) y vuelvo a la carretera.

Todavía recuerdo la primera vez que la vi de verdad, fijándome en ella; nunca habría pensado que se convertiría en la chica de mis sueños; pelo relativamente corto, puntiagudo, parecía casi agresivo, ojos muy grandes y sugerentes, no muy alta... Y con todo, preciosa. No nos presentaron amigos en común, ni tuvimos un encuentro muy romántico ni nada por el estilo. Estando en el mismo colegio sólo que en distintas clases, coincidíamos por las tardes en el autobús de vuelta a casa. No habíamos hablado hasta entonces (yo ni siquiera sabía su nombre), pero a veces nos veíamos obligados a compartir asiento, pues ese autobús solía estar muy lleno.

Un buen día de marzo, se deslizó hacia la ventana cuando pregunté si podía sentarme y no dudó en echar un vistazo al libro que llevaba en la mano. <<¡Oh, Dios, me encanta! ¿Por dónde vas?>> dijo, muy emocionada. <<Ya sólo quedan trece, es la primera noche>>. Esa fue nuestra primera conversación; comenzamos a hablar sobre libros y descubrí que conocía todos mis favoritos y que también eran los suyos. Al día siguiente hablamos de música, y al siguiente de deportes que nos gustaba practicar, y el día después sobre nuestras cosas favoritas... Así se convirtió en mi mejor amiga; empezamos a quedar para hacer maratones de cine, para eventos culturales, para cenar... Hasta que quedamos para salir.

Fue algo totalmente transitorio, y esperado, supongo, pero ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que estábamos enamorados. Una noche, tumbados en la hierba en la parte de atrás de su jardín, mientras bromeábamos y nos picábamos mutuamente, tuvimos que callar para coger aire. Entonces nuestras miradas se encontraron; ella me sonrió, y lo siguiente que supe era que la había besado. No fue algo súbito y brusco, sino un movimiento totalmente natural, como si fuese lo que el mundo estuviera esperando.

No tuvimos que decir nada, todo fue orgánico; no forzamos las conversaciones, no dejamos de ser nosotros mismos. Simplemente pasamos a compartir el camino. Y descubrimos hasta qué punto su personalidad alocada y la mía apacible se complementaban en un todo. Cada vez que ella sonreía, yo sonreía, y cada vez que lloraba, yo también.

Paro el coche en el arcén y tengo que salir a toda prisa, a tomar el aire; es tan denso que no puedo respirar, sumándole el nudo en el pecho, así que acabo echándome una botella de agua por la cabeza. Vuelvo dentro y pongo el CD de nuestras canciones favoritas, para relajarme. No tengo prisa por llegar a casa, aquí parado se está bien.


5.25.2012

Cada vez (V)

El sol está bajando, pero la temperatura se volvió insoportable hace un rato, así que me quito la camiseta; entonces, veo una mancha de pintura en mi hombro; llevo dos días pintando la casa, y no debí ver esa mancha ayer en la ducha. Me paso el dedo, casi a la altura de la clavícula, y el tacto de la pintura reseca me provoca un escalofrío, a pesar de la temperatura. El recuerdo de aquella noche siempre me provoca escalofríos.

Fue cuando aún estábamos juntos, y muy bien, de hecho; era toda una cabra loca e insistió en que saliésemos esa noche. Yo me mostré un poco reacio porque no conocía al resto de sus amigos demasiado bien y porque teníamos un examen al día siguiente, pero al final logró convencerme. De tal manera, cogimos mi coche y me fue indicando por la carretera, cada vez más a las afueras, durante tres cuartos de hora, hasta que me indicó que tomase una salida de tierra y paramos.

La gente fue llegando poco a poco, mientras yo observaba la luz del día desaparecer. Llegamos a ser unos treinta, cuando empezaron a repartir las cosas. Yo no entendía nada, pero ella insistió en que fuese paciente y siguiese las instrucciones, así que lo hice. Al cabo de quince minutos todos estuvimos armados con brochas, trapos recortados o esponjas, y colocados a lo largo de quince metros en varias filas, al lado de varios barriles metálicos. Cuando comprobaron que todos estábamos listos (supongo que éso era lo que supervisaban, yo seguía sin enterarme de nada), dieron una orden para que abriesen los tanques y gritaron: ¡¡Que comience la guerra!!

Entonces reinó el caos. Pude ver que los contenedores estaban llenos de algún tipo de líquido denso muy brillante, prácticamente fosforescente, justo antes de que todos se pusieran a gritar y a lanzarse pintura. Ella me atacó la primera, salpicándome con un brochazo de tinte azul. Tardé varios segundos en quedar completamente empapado y fosforescente hasta que pude reaccionar; era una guerra de pintura. Hundí mi esponja y brocha en el tanque de mi derecha, de pintura verde, y salpiqué con toda mi fuerza. Di a tres personas. Todos contraatacaron, pero para entonces yo ya estaba riendo a carcajadas y gritando con ellos.

La guerra duró una hora entera. Cuando los supervisores dieron el alto nadie intentó seguir; estábamos todos agotados. Y completamente cubiertos de pintura de todos los colores. Entonces me di cuenta de por qué era fosforescente: estábamos brillando. Parecíamos luciérnagas multicolores en medio del campo nocturno, cubiertos de gotas verdes, naranjas, rojas, amarillas, azules... Fue el día más divertido de mi vida; ella estaba radiante (no sólo por la pintura), y estuvimos corriendo a toda velocidad colina abajo, embobados con el brillo fosforescente.

Brillábamos en la oscuridad. Ahora sé que ése era el mensaje que siempre quiso transmitirme: pase lo que pase, siempre brillaríamos; niños, mujeres, hombres... Todos.

Me limpio la pintura de la clavícula frotando con un poco de saliva y saco un trapo de la mochila. Está viejo, muy manchado, pero lo agarro como si fuera un tesoro; es de color verde, naranja, rojo, amarillo, azul... Y cuando se haga de noche, brillará.


5.24.2012

Cada vez (IV)

Aunque tengo el estómago cerrado, sé que tengo que comer algo, así que dejo mi guitarra, me la cargo al hombro y comienzo a descender por las rocas. Cuando llego a la pequeña tienda donde ya compré la última comida que compartimos (y que luego ella devolvió), pido exactamente el mismo menú y me fuerzo a comer y a beber algo; el día se avecina caluroso, así que debo tener fuerzas. Una vez he regresado a nuestra piedra, dejo la guitarra a un lado y me quedo dormido.

Sueño con ella, por supuesto, y vuelve a estar conmigo, un año atrás. Para cuando despertó, yo ya me sabía la canción de memoria, y el sol se estaba poniendo; murmuró que se encontraba mal y en efecto tenía fiebre, así que inmediatamente quise regresar, pero ella me suplicó lo contrario. Quería quedarse. De tal manera, le coloqué mi chaqueta sobre los hombros y nos quedamos recostados un poco más, viendo el atardecer.

Las conversaciones se habían acabado, ahora sólo reinaba el silencio, triste pero agradable, como una película romántica. En la película nos quedaríamos ahí, pasando a los créditos y sin dejar ver el resto de la historia; los días tristes. Como no era una película, nadie nos sacó de allí, ni siquiera cuando la fiebre le subió tanto que se desmayó.

A pesar de que fue una negligencia, no llamé a la ambulancia, ni a un médico, ni siquiera a algún vecino. No quería que nuestro pequeño paraíso personal se viera lleno de gente haciendo preguntas, y me había avisado de que pasaría. Cargué con ella cuatro kilómetros, hasta que llegamos al punto donde habíamos dejado el coche, casi un día atrás. La dejé en el asiento del copiloto y conseguí arrancar la vieja tartana. Recuperó la consciencia a trece kilómetros de su casa.

Habíamos pasado muchas noches juntos pero, no obstante, creo que esa fue la mejor; no tenía fuerzas, ni color en las mejillas, estaba ligeramente mareada y desorientada; y sin embargo, estaba conmigo. Cada vez que sentía su respiración en mi pecho, sus finos dedos recorriendo mi pelo, sus labios sobre mi clavícula... Cada vez que abría los ojos y veía que en efecto, estaba ahí, todo iba bien.

No obstante, cuando abro los ojos ahora, me veo solo, sentado en una piedra con el cuerpo agarrotado y sudoroso. Me río, porque sé que ella lo habría hecho.


5.23.2012

Cada vez (III)

Me pongo a rasguear la guitarra aleatoriamente, pero sé perfectamente qué estoy tocando. Esos acordes surgieron esa última mañana, aquí mismo, sentados en las rocas.

Cuando el sol estuvo por fin alto en el cielo, sobre nuestras cabezas, la convencí para que se levantase y me acompañase a comprar algo de comida; bajamos al pueblo y yo entré en una pequeña tienda de comida casera envasada mientras ella se sentó a hablar con varios ancianos. Con los paquetes en la mano, no pude evitar quedarme parado mirándola; se la veía tan inocente, tan perfecta, tan... sana.

Volvimos a la parte más alta del peñón y comimos lentamente, observando el valle a nuestros pies. Un rato después, para el dolor de toda mi alma, se levantó abruptamente y corrió todo lo que pudo antes de vomitarlo todo. Dejé mi propia comida en la bolsa y me quedé donde estaba, muy quieto. Esperé hasta que volviera, sabía que ella no querría que yo la viera así. Lo hizo arrastrando los pies, y con los ojos rojos. Tomó un sorbo de agua y volvió a refugiarse en mis brazos, con la cabeza enterrada en mi cuello.

Se quedó dormida. No sé por qué había llevado la guitarra hasta allí, pero la cogí y comencé a rasguear unos acordes. Un poco después, a entonar una melodía; y allí, entre unas rocas perdidas en el mundo, con el amor de mi vida sobre mi regazo, completamente dormida, conté nuestra historia; nuestra canción.


Cada vez (II)

Nunca olvidaré cómo el sol saliente bañaba su rostro; ella tenía la cabeza echada para atrás, dejando que el pelo le cayese por los hombros y dejando su delicado y blanco cuello al descubierto.

Se reclinó sobre las rocas y cerró los ojos. La única señal de que seguía viva era el leve movimiento ascendente de su pecho con cada respiración. Me pregunté cómo no era capaz de sentir la temperatura que, aunque estaba subiendo, aún era relativamente baja; parecía que todo estaba en su sitio, como cada vez que estábamos juntos; menos mal que eso nunca cambió.

Mientras la observaba me pregunté por qué me habría abandonado; una calurosa mañana de julio, dos años atrás, simplemente se fue. Cuando me levanté, ya no estaba; se había ido. Mi primera reacción fue mirar por la ventana; la vi alejarse con una caja con sus cosas entre las manos, con pasos lentos, arrastrando los pies. Podría haber corrido escaleras abajo y haberla alcanzado con facilidad, pero simplemente, no lo hice. Me quedé observando su caminar hasta que desapareció por la esquina, sin mirar atrás. Se había ido.

Cuando volvió a llamar a mi puerta, tampoco hice preguntas. ¿Para qué? Yo siempre estaría a sus pies, tanto si me necesitaba como si no; y entonces me necesitaba. De todas las personas que conocía, de todas las que habrían estado dispuestas a estar con ella, me buscó a mí. No hizo falta que me lo pidiese textualmente; la ofrecí mis brazos como siempre lo había hecho, y tal y como ella quería. Así sería siempre. O hasta que el tiempo nos lo permitiese.

Cuando el sol hubo terminado de salir, un escalofrío la recorrió la espalda, así que me deslicé para cogerla entre mis brazos y darla calor; se sentó encima y se dejó acunar. No dejamos de hablar en ningún momento, en bajo, sin alzar la voz; recordamos los viejos tiempos: anécdotas entrañables dignas de dos enamorados. ¿Estaba ella enamorada de mí todavía? Sí. Al igual que ella sabía lo que siempre quise decirla, yo sentía en mi interior que me quería.

Aún hoy, un año después, cada vez que me acuerdo de ese día, sonrío mientras lloro.


Cada vez

Estoy sentado en ese mismo punto en el que un día ella y yo pasamos nuestro último día real juntos; durante las pocas semanas siguientes, la enfermedad se llevó su cordura, y su consciencia la mayor parte del tiempo, así que me gusta pensar que aquél fue el último día.

Ya sabía que estaba enferma entonces; su propia hermana me llamó, contándomelo. Al principio no sabía por qué lo había hecho, pero ahora se lo agradeceré eternamente; me dio la oportunidad de volver a verla. Ella me llamó a las tres de la mañana, despertándome. No hizo preguntas, y yo tampoco; sólo sugirió ir a dar una vuelta. Así que montamos en su coche y condujo lo más lejos que pudo; quería alejarse.

Hablamos hasta que salió el sol, sobre nuestras vidas después de separarnos, de cómo no nos arrepentíamos de nada, de que no había sido un error. Nos gastamos nuestro dinero en cosas estúpidas, pero para ser sinceros, ahora lo regalaría todo si pudiese volver a verla. Su viejo y destartalado coche no nos dejó ir muy lejos; cuando dejó de funcionar simplemente salimos y caminamos en línea recta. Así llegamos hasta donde estoy ahora.

<<Cada vez que te veo, cada vez que me miras, cada vez que escucho tu nombre, cada vez que me siento así... Cada vez que estás conmigo todo se arregla, y los problemas desaparecen; todo es como tiene que ser>> Me arrepentiré el resto de mi vida de no decirle eso a tiempo; dudo que pudiese oírme cuando por fin me atreví, su tiempo ya se había acabado. De todas formas, creo que lo sabía.

Sabía que cada vez que estábamos juntos todo encajaba en su sitio, y que daría todo lo que tengo, lo que sea, para volver a pasar un día con ella. Sólo necesito un único día más con ella.

Esta es una entrada totalmente ficticia, basada en la canción "Everytime" de Simple Plan.