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8.30.2012

Va a estar bien (VI)

No quiero oírlo, no, no, no quiero. Me tiembla el labio y me lo muerdo con avidez, concentrándome en el dolor para ahogar las lágrimas. Marcos sigue reteniendo mis manos entre las suyas, y no me puedo creer lo mucho que voy a echar de menos esas manos suaves, finas, firmes.

-Cris... -repite-. Mi pequeña y preciosa Cris.

Me pasa la mano por la mejilla y yo derramo una lágrima involuntaria. Él hace una mueca y no pierde tiempo en secarla con el pulgar, seguidamente atrayéndome hacia sí; me entierro en su  pecho y dejo escapar un sollozo silencioso. Sé que esto no es justo para él, pero estoy demasiado enamorada. No me puedo creer que se vaya a acabar así.

-Eh, eh -susurra con suavidad-, mírame. Vamos, mírame. Yo no estoy enamorado de ella. Nunca lo estuve, Cris, jamás.

Me sorbo la nariz y le miro, incrédula. ¿He oído bien, o me lo he imaginado? Él se ríe ante mi expresión, y me besa la coronilla.

-Pe-pe-pero... ¿Y la historia? ¿La canción, cómo has estado estos días...? -balbuceo.

-Mi niña, la echo de menos porque era mi amiga; me dio los mejores años de mi vida... Hasta que te conocí a ti. ¿La canción? Refleja lo que sentí en ese momento, sin más. Pensé que el mundo se me caería encima, y me costó bastante volver a arrancar. Pero, si escribiera una canción por cada vez que he pensado que se me caía el mundo, no podría acabar -bromeó, consiguiendo sacarme una pequeña risa tonta.

>>Te quiero a ti, y a nadie más. Siento haber estado así estos días, y te agradezco por escuchar mi historia, porque me has ayudado a soltarlo todo.

Me solté de su mano y le abracé con todas mis fuerzas, a lo que él correspondió con una sonora carcajada.

-Vamos, te acompaño a casa.

Una vez más, caminamos de la mano, a paso tranquilo, sin prisa alguna. Cuando no se da cuenta me le quedo mirando mientras camina, es algo que siempre me ha fascinado. Y me doy cuenta de por qué le dio aquel título a la canción; porque aunque nada parezca estable y todo esté oscuro, creo que su subconsciente sabía que, aunque en el momento nada estuviera bien, las cosas iban a cambiar.

A cambiar para mejor.

Va a estar bien (V)

-Blanca y Elisa le dieron la fantástica fiesta que habían propuesto planear; fue casi todo nuestro curso, y aunque yo estaba presente físicamente, se puede decir que no aparecí por la fiesta en toda la tarde. Paloma apenas me había dirigido la palabra desde que la llevé al garaje de mi tío, desde que la di un pedazo de mi música, de mi alma, de mí. Y, por fin, llegó el día H.

>>Fuimos al aeropuerto, Blanca, Elisa y yo. Paloma lloraba, y al cabo de unos minutos, las chicas también se unieron. "Tú eres un hombre y no lloras, ¿eh, hijo?", dijo su padre mientras me daba una palmada en la espalda. Me reí sin ganas y me encogí de hombros, con una enorme sonrisa fingida. Cuando llamaron su vuelo, uno por uno nos fuimos despidiendo de Paloma; habíamos acordado que cada uno le daría un regalo especial, "personal", y así fue. Blanca le regaló una pulsera hecha a mano, muy típico suyo; Elisa, un álbum de fotos firmado por todos (nos costó convencerla de que nos dejara hacerlo). Yo, por mi parte, y a falta de ninguna otra ocurrencia, perfeccioné la canción, la pasé a papel, la grabé y se la metí en un disco.

>>Con las manos temblorosas, tomó el CD y se lanzó a mis brazos. Me dio un abrazo tan fuerte que me dejó sin respiración, y yo se lo devolví como pude; hacía días que me sentía sin fuerzas, para ser sincero. Anunciaron la última llamada de su vuelo, y supimos que ése era el final. Después de tantas horas, días y meses juntos... Se acababa. Los tres nos quedamos de pie, mirando las pantallas hasta que su vuelo despegó. Mascullamos algunas palabras para autoconsolarnos, y un poco más tarde, cada uno se fue a casa por su cuenta.

>>Ahora que el momento había llegado, ahora que ella se había ido, lloré. Tirado en la cama, apoyado contra la pared y lleno de rabia, eché todas las lágrimas que había dentro de mí, todas aquellas que había acumulado desde el día que se me cayó el mundo. "Nada va a estar bien, nada va a estar bien...", me repetía constantemente, una y otra vez. Necesitaba saber por qué, simplemente, por qué teníamos que decir adiós. Nada me haría olvidarla, y sabía que la vida iba a ser dolorosa desde ese momento; le prometí a ella mentalmente que nunca la olvidaría, aunque tuviera que seguir adelante sin ella...

Ha ido reduciendo el tono de voz hasta que sus últimas palabras no han sido más que un susurro; puede que me  haya contagiado parte de su pesar, pero sé que la losa que siento sobre mis hombros no tiene nada que ver. Desde hacía varios días me lo estaba temiendo, pero no sabía hasta que punto llegaba la cosa. Antes que mi novio, Marcos es mi mejor amigo, y como tal, tengo que ser fuerte y dejarle ir, rezando para que no me aleje por completo de su vida. Me armo de valor, tomo aire y digo:

-¿Tú estabas... estás enamorado de ella?

Se yergue y me mira a los ojos, con una expresión que me destroza por dentro; me toma la mano con dulzura y me sigue mirando, perforándome con esos ojos azules.

-Cris...

8.29.2012

Va a estar bien (IV)

-El resto de la semana fue... silenciosa. Es la única manera que se me ocurre para describirlo. Normalmente luchábamos por tener el turno de palabra en la conversación, pero esos días no. Sé que no fue justo para Paloma, pues tampoco quería irse, pero yo simplemente no encontraba las palabras. No sabía qué decir o hacer al respecto. Entonces, Blanca sugirió hacerle algo especial, como regalo de despedida, <<una fiesta o algo así>>. Sí, algo especial, pensé, eso es lo que voy a hacer. Tan pronto como no sabía qué decir, ahora lo tenía todo claro. Sabía perfectamente qué cosa especial podía darle yo a Paloma.

>>A la salida del colegio, la llevé aparte, detrás de un árbol. "Ven a mi casa", solté, sin más. "¿Cómo?", soltó una carcajada; me acuerdo que me gustaba mucho su risa. "¿Qué quieres hacerme?". Le reí la broma y me puse serio de nuevo. "Ven conmigo, quiero... enseñarte una cosa".

>>Por fin, accedió a venir conmigo, pero se sorprendió cuando nos desviamos de mi casa. "¿No íbamos a tu casa?", preguntó. La pedí que confiara en mí, y así lo hizo. Caminamos media hora más, hasta llegar a casa de mi tío. Pasé olímpicamente de la puerta principal y me fui directo al garaje. "Mi tío tiene una banda", expliqué, "y ensayan aquí. Él me deja venir cuando quiero alejarme un poco del mundo; puedo coger su guitarra". Para entonces, Paloma estaba bastante boquiabierta. Me colgué la guitarra al hombro y comencé a tocar unos acordes que llevaba murmurando para mí varios días, sin saber por qué. Nunca nadie me había oído cantar, pero sentí que ella sería una buena primera oyente.

Se aclara la garganta y entona una melodía. La misma melodía que lleva tocando días y días cuando se encierra en el estudio.

-"Esta canción es para ti", dije, armándome de valor. Toqué y canté durante cuatro eternos minutos, ante su incrédula mirada. Noté cómo las lágrimas se iban agolpando en sus ojos, y comenzaron a caer con mi último acorde de guitarra. "Sigo esperando despertarme", mascullé, mientras la abrazaba con todas mis fuerzas; "Esto sólo puede ser un mal sueño, ¿no? No soporto que te vayas, por favor, no me... no nos dejes" -no sé si esa confusión entre "no me dejes" y "no nos dejes" ha sido involuntaria o realmente fue así como sucedió, pero no estoy segura de querer saberlo. A estas alturas, ya sé por dónde van los tiros-. "Nunca sabrás lo mucho que significas para mí; no quiero perderte, Paloma, por favor, ¿por qué tiene que ser así?"

Marcos agacha la cabeza y hunde los hombros, y yo, discreta, me enjugo una lágrima que me corre por la mejilla.

Va a estar bien (III)

-Se acercaba la época de exámenes, así que todos nos recluimos un poco en nuestro propio mundo, pero aún así seguíamos siendo un grupo. Éramos algo... especial, no sabría cómo explicarlo. Teníamos algo grande. Estaba convencido de que todo sería perfecto, de que nada podría separarnos, de que... en fin, de que todo sería perfecto.

Suelta una risa amarga y sacude la cabeza pesarosamente.

-Y justo cuando... -la voz se le ahoga en la garganta, y tiene que carraspear para seguir-. Justo cuando todo iba bien, cuando estábamos acabando los exámenes y la tensión por los libros se estaba disolviendo poco a poco, nos llegó la noticia. Se acabó. Se acabó. Se acabó...

>>Paloma, la mayor, se iba. Se marchaba para siempre, a estudiar a Alemania, por un traslado en el trabajo de su padre. Es curioso cómo, en una milésima de segundo, todo se rompe. El mundo se me cayó encima de golpe. Los tres enmudecimos. Probablemente fuera sólo mi percepción, pero me dio la impresión de que nadie habló durante una eternidad. Había llegado al cielo, lo había tocado con mis propias manos, había vivido allí, y, en cuestión de segundos, el pilar que me sostenía se había venido abajo, dejándome caer sin ningún tipo de paracaídas.

>>Intentamos buscar algún tipo de solución, alguna salida viable, lo que fuera para que se quedara y no nos abandonara. En realidad, Blanca y Elisa lo hicieron; yo no podía mediar palabra. Recuerdo volver a casa y que mi madre me preguntara algo (probablemente qué tal me había ido el día), y yo no contestar. No recuerdo cambiarme de ropa, ni atarme los cordones de las zapatillas, ni salir de casa, ni cruzar el puente. Simplemente, y como por arte de magia, me encontraba corriendo. Nunca había corrido tan rápido ni con tanta rabia. Inconscientemente me metí por las calles secundarias que nunca están transitadas, y menos a esas horas, y corrí.

>>Corrí como alma que lleva el diablo, dando la vuelta si me encontraba con un semáforo o una esquina que me impidiera seguir. No notaba la fatiga, ni el ardor en los pulmones, ni el agarrotamiento de las piernas. Sólo estábamos yo, mi rabia y el viento. Era la primera vez que salía a correr sin música ni el móvil; ni siquiera llevaba llaves. Cuando el sol hubo bajado un poco, giré hacia una pequeña calle, sin mirar muy bien por dónde iba. Era una calle cortada por una valla, pero yo no la vi. Para cuando lo hice, era demasiado tarde; no pude frenar a tiempo y me choqué contra toda ella. Así, sin más. Tirado en el suelo conseguí calmarme un poco, y volví andando a casa, porque me había hecho sangre en una rodilla y me escocían las manos. No me quedaban fuerzas, de todas formas.

>>Un segundo. Eso es lo que tardó mi vida en venirse abajo.

Va a estar bien (II)

-Fue la mejor época de mi vida -hablaba con la mirada perdida, y ahora sin duda sabía que no estaba conmigo, sino muy, muy lejos de mí; en aquel brumoso lugar llamado Pasado-; sentía que por fin estaba en el lugar correcto, que pertenecía a algo fuerte, grande; por una vez en mi vida, podía ser yo mismo, nada me detenía, no tenía límites.

Suelta una pequeña risa ahogada antes de retomar la historia.

-Recuerdo estar sentados en el patio del colegio, siempre en la misma esquina, picando a una chica llamada Blanca; estaba como una cabra, y tengo que confesar que a veces me daba un poco de miedo, pero sabíamos controlarla, y básicamente pasábamos el tiempo metiéndonos los unos con los otros. Lo que más disfrutaba era cuando discutíamos; no eran discusiones serias, pero cuando se sacaba algún tema... polémico, nos enzarzábamos a hablar y hablar, hasta llegar a gritarnos en ocasiones, intentando dejar claro nuestros distintos puntos de vista.

>>Hubo un día, uno en concreto, en el que la otra chica, Elisa, y yo estábamos discutiendo sobre algo; ni siquiera recuerdo acerca de qué, simplemente me acuerdo que discutíamos acaloradamente, mientras las otras dos atendían a la disputa como árbitros de tenis. Me erguí sobre mis rodillas, y un rayo de sol se coló por las hojas del árbol que nos daba cobijo, bañándome la cara con su calor. Fue todo eso, la combinación de la frescura de la brisa con la calidez de los rayos de sol, las chispas que saltaban entre Elisa y yo, los aspavientos de manos, y las risas contenidas de Paloma y las no tan contenidas de Blanca... Todo. En medio de la discusión, de los gritos y el pequeño corrillo que se había formado a nuestro alrededor (nuestros compañeros nunca desaprovechaban la oportunidad de presenciar una buena disputa, sobre todo entre nosotros dos), me di cuenta de que me sentía la persona más feliz del mundo.

>>No era como en las películas, donde habría salido a cantar bajo la lluvia, o habría hecho realidad algún tipo de sueño imposible, no. Mi rutina seguía siendo exactamente la misma que siempre: me levantaba a la misma hora, iba al colegio, atendía en las clases, volvía a casa, salía a correr al atardecer, iba a mis clases de música... En resumen, que mi vida no había cambiado en lo externo. Y, sin embargo, aunque mi ceño seguía igual de fruncido cuando algún pasaje de Moszkowski no me salía o cuando me encontraba ante algún problema especialmente complejo de física, había algo dentro de mí que sonreía un poco más, que hallaba algo más de paz cada vez que apoyaba la cabeza en la almohada por las noches. Teníamos peleas continuas, sí, pero me peleaba con la gente que quería.

Sus ojos echan chispas; incluso puedo notar esa energía pasada de la que habla.

-Sin duda, la época más feliz de mi vida.

8.27.2012

Va a estar bien (I)

Hace días que Marcos está muy raro; aparentemente, nada ha cambiado, y por fuera parece que simplemente vamos cogidos de la mano, andando como cualquier pareja normal. Pero no es así. Es cierto que vamos cogidos de la mano, y dibuja esa bonita sonrisa cada vez que me dirige una mirada cariñosa, pero sé que hay algo que le lleva rondando la cabeza varios días. Está ausente, y aunque noto que se esfuerza por tener los pies en la tierra, en cuanto nos quedamos en silencio unos minutos, su mente se va volando, a miles de kilómetros de mí; se encierra en su estudio con la guitarra o el teclado durante horas y horas, tocando siempre el mismo tema, uno que nunca me ha enseñado. Estoy preocupada.

Le he preguntado si quiere parar a tomar un café, pero no me ha escuchado. Llevamos caminando unos tres cuartos de hora, y no ha abierto la boca en todo el camino; me siento impotente, es evidente que no puedo hacer nada. Hundo un poco los hombros, aflojo mi mano de su agarre y la meto en el bolsillo del abrigo. Suelto un profundo y largo suspiro. Entonces, él parpadea fuertemente, como saliendo de un trance, se para en seco y me mira, frunciendo el ceño, interrogativo. Arqueo las cejas y frunzo los labios, encogiéndome de hombros. Mi mirada ya no es interrogante, como lo era hace varios días, sino que muestra cierta desesperación. ¿Cuánto sé de él, al fin y al cabo? No nos conocemos desde hace algo más de medio año, y aunque yo estoy profundamente enamorada de él (y sé con certeza que él también lo está de mí), no sé gran cosa de su pasado. Conozco todos sus gustos, sus secretos, sus pesadillas y sus sueños, pero en lo que concierne al pasado, a su historia... No sé gran cosa. Y me temo estar perdiéndolo.

Me hundo en sus ojos azules, profundos y brillantes, como el curso bajo de un río en primavera. Agacha la cabeza y suspira, restregándose con fuerza los ojos. Alarga el brazo y toma mi mano, suavemente dibujando círculos con el pulgar en el dorso. Estiro la comisura izquierda y esbozo media sonrisa; me pongo de puntillas y le doy un beso, suave, tierno. Él me retira un mechón de pelo rebelde que se ha descolocado de su sitio con la mano que tiene libre y me atrae hacia sí para darme un abrazo, besándome la coronilla.

-Ven conmigo -murmura-; sentémonos un rato.
Caminamos hasta la puerta más cercana del Retiro y nos sentamos en un banco cercano, a la sombra cálida de una fila de árboles jóvenes. Se inclina hacia delante y se apoya en las rodillas, mirando al suelo. No sé si marcaré una diferencia haciendo esto o no, pero me arrimo un poco a él y le pongo la mano en el hombro, intentando hacerle saber que estoy con él.

-En una vieja escuela -comienza-, en un sitio no tan lejano, hubo una vez una pequeña pandilla de cuatro amigos; tres chicas y un chico. Estaban siempre juntos, tanto en el trabajo como en su tiempo libre.

Hace una pequeña pausa. Se yergue y me mira a los ojos.

>>Bien, pues esta es mi historia.