5.02.2012

Provocación

Paseando tranquilamente por la calle, de repente aparece un grupo de matones que te rodea, impidiéndote seguir. Sabes qué quieren, pero no vas a entrar en su juego, así que miras al suelo e intentas seguir. Empiezan las primeras burlas, y uno te da un empujón. Vuelves al centro del círculo y te quedas muy quieta, mirando siempre al suelo.

No entres al trapo, no entres al trapo, no entres al trapo. Sabes perfectamente que podrías acabar con todos ellos sin ni siquiera esforzarte, pero no vas a hacerlo. Eres una persona pacífica, educada, correcta. Los insultos continúan y ahora empiezan a meter el dedo en la llaga, pero tú intentas controlar la ira que surge dentro de ti.

Llevas parada varias horas, pero son incansables; insulto por aquí, burla por allá, una y otra vez. Has empezado a temblar con fuerza, y luchas por contener a la bestia que se esconde dentro de ti. Una lágrima comienza a derramarse detrás de otra. Siguen pasando los minutos.

Y estallas. Lanzando un grito ensordecedor te lanzas a por el primero, atacando directamente a su cuello. Aprietas y aprietas, notando cómo el aire se escapa de sus pulmones, cómo la sangre deja de llegarle al cerebro. Comienza a suplicar, a pedir perdón, a prometerte que hará lo que tú digas. Pero no tienes clemencia. Dejas su cuello y te ensañas con el resto de su cuerpo, desatando toda tu ira. Hasta que ya no queda nada.

El despertador te devuelve al mundo real y te olvidas de lo que estabas soñando. Entonces su imagen te viene a la cabeza y te preguntas qué has hecho para tener que aguantar semejante provocación.


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