6.04.2012

Haber sabido cómo (III)

Lo más duro de la vida real es que hay que ver cómo los demás son felices mientras tú mundo se ha hecho pedazos; de tal manera, hoy luce un sol espléndido; baña las aceras, mi cara, mis brazos, pero no mi espíritu. Me gustaría ver un gran nubarrón que lo tapa todo, oír un trueno y que comenzase a llover, pero sé que eso no va a pasar. En un paso de cebra, un autobús frena, y me fijo en el anuncio, de una agencia turística. Comienzo a temblar.

Puede que aquel día sí que la escuchara, aunque no oyera el mensaje que de verdad me estaba transmitiendo; con todo, oí las palabras que vocalizó, y supe que tenía que hacer algo. Busqué en Internet todos los parajes desérticos que aparecían, leí las ofertas, las descripciones, las localizaciones... Hasta que lo encontré. Una preciosa isla desierta, perdida en medio del mar, de aguas cristalinas y especies exóticas. Era perfecta. Allí podríamos ser nosotros mismos, y yo podría enamorarla por completo.

Llegué a su casa jadeando, con la foto medio arrugada entre mis manos sudorosas, y las ilusiones de un niño con zapatos nuevos. Me declararía esa misma tarde. Le enseñé la foto y le dije que la memorizara, porque allí era donde íbamos a pasar el resto de nuestras vidas. Se extrañó, y la dije que la amaba. Que siempre había estado enamorado de ella y que quería salvarla.

<<Déjame que te lleve hasta ahí; sólo tenemos que encontrarlo, nadie sabrá quiénes somos>>. Huiríamos a esa playa desierta, donde nadie supiera nuestro nombre, donde pudiéramos hacer lo que nos diera la gana, un lugar donde nunca nos sentiríamos atrapados, donde podríamos estar juntos para siempre. Podríamos irnos a un lugar mejor, si sólo ella me dejaba llevarla hasta allí.

Pero no me dejó, y ahora nunca podremos estar juntos, en nuestra playa desierta. ¿Dónde me equivoqué? Nadie sabe cuánto me odio por haberla perdido; debería haber sabido lo que realmente quería, debería haber sabido cómo hacer que se quedara.


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